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Rima LXVII ( Libro de los gorriones ) – Gustavo Adolfo Bécquer

¡Qué hermoso es ver el día
coronado de fuego levantarse,
y, a su beso de lumbre,
brillar las olas y encenderse el aire!

¡Qué hermoso es tras la lluvia
del triste otoño en la azulada tarde,
de las húmedas flores
el perfume aspirar hasta saciarse!

¡Qué hermoso es cuando en copos
la blanca nieve silenciosa cae,
de las inquietas llamas
ver las rojizas lenguas agitarse!

Qué hermoso es cuando hay sueño,
dormir bien… y roncar como un sochantre
y comer… y engordar… ¡y qué desgracia
que esto sólo no baste!.

Gustavo Adolfo Bécquer

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Rima LXVIII ( Libro de los gorrriones ) – Gustavo Adolfo Bécquer

No sé lo que he soñado
en la noche pasada.
Triste, muy triste debió ser el sueño,
pues despierto la angustia me duraba.

Noté al incorporarme
húmeda la almohada,
y por primera vez sentí al notarlo,
de un amargo placer henchirse el alma.

Triste cosa es el sueño
que llanto nos arranca,
mas tengo en mi tristeza una alegría…
¡Sé que aún me quedan lágrimas!

Gustavo Adolfo Bécquer

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Rima LXVI ( Libro de los gorriones ) – Gustavo Adolfo Bécquer

¿De dónde vengo?… El más horrible y áspero
de los senderos busca;
las huellas de unos pies ensangrentados
sobre la roca dura;
los despojos de un alma hecha jirones
en las zarzas agudas,
te dirán el camino
que conduce a mi cuna.

¿Adónde voy? El más sombrío y triste
de los páramos cruza,
valle de eternas nieves y de eternas
melancólicas brumas;
en donde esté una piedra solitaria
sin inscripción alguna,
donde habite el olvido,
allí estará mi tumba.

Gustavo Adolfo Bécquer

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Rima LXV ( Libro de los gorriones ) – Gustavo Adolfo Bécquer

Llegó la noche y no encontré un asilo;
y tuve sed … ¡mis lágrimas bebí!
¡Y tuve hambre! ¡Los hinchados ojos
cerré para morir!

¿Estaba en un desierto? Aunque a mi oído
de las turbas llegaba el ronco hervir,
yo era huérfano y pobre… El mundo estaba
desierto… ¡para mí!

Gustavo Adolfo Bécquer

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Rima LXIX ( Libro de los gorriones ) – Gustavo Adolfo Bécquer

Al brillar un relámpago nacemos,
y aún dura su fulgor cuando morimos;
¡tan corto es el vivir!

La Gloria y el Amor tras que corremos
sombras de un sueño son que perseguimos;
¡despertar es morir!

Gustavo Adolfo Bécquer

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Canción 37 – Rafael Alberti Merello

Creemos el hombre nuevo
cantando.
El hombre nuevo de España,
cantando.

El hombre nuevo del mundo,
cantando.

Canto esta noche de estrellas
en que estoy solo, desterrado.

Pero en la tierra no hay nadie
que esté solo si está cantando.

Al árbol lo acompañan las hojas,
y si está seco ya no es árbol.

Al pájaro, el viento, las nubes,
y si está mudo ya no es pájaro.

Al mar lo acompañan las olas
y su canto alegre los barcos.

Al fuego, la llama, las chispas
y hasta las sombras cuando es alto.

Nada hay solitario en la tierra.
Creemos el hombre nuevo cantando.

Rafael Alberti Merello

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Canción 51 – Rafael Alberti Merello

En un verso de ocho sílabas
¿qué no cabrá,
si es una y tan sólo en ella
cabe el mar?

Ocho sílabas son muchas
para cantar.
Me basta una que tenga
por dentro el mar.

Rafael Alberti Merello

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El tonto de Rafael (autorretrato cómico)- Rafael Alberti Merello

Por las calles, ¿quién aquél?
¡El tonto de Rafael!
Tonto llovido del cielo,
del limbo, sin un ochavo,
Mal pollito colipavo,
sin plumas, digo, sin pelo,
¡Pío-pic!,pica, y al vuelo
todos le pican a él.
¿Quién aquél?
¡El tonto de Rafael!
Tan campante, sin carrera,
no imperial, sí tomatero,
grillo tomatero, pero
sin tomate en la grillera.
Canario de la fresquera, no de alcoba o mirabel.
¿Quién aquél?
¡El tonto de Rafael!
Tontaína, tonto del higo,
rodando por las esquinas
bolas, bolindres, pamplinas
y pimientos que no digo.
Mas nunca falta un amigo
que le mendigue un clavel.
¿Quién aquél?
¡El tonto de Rafael!
Patos con gafas, en fila,
lo raptarán tontamente
en la berlina inconsciente
de San Jinojito el lila.
¿Qué run-rún, qué retahila
sube el cretino eco fiel?
¡Oh, oh, pero si es aquél
el tonto de Rafael!

Rafael Alberti Merello

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El aburrimiento- Rafael Alberti Merello

Me aburro.
Me aburro.
Me aburro.
¡Cómo en Roma me aburro!
Más que nunca me aburro.
Estoy muy aburrido.
¡Qué aburrido estoy!
Quiero decir de todas las maneras
lo aburrido que estoy.
Todos ven en mi cara mi gran aburrimiento.

Innegable, señor.
Es indisimulable.
¿Está usted aburrido?
Me parece que está usted muy aburrido.
Dígame, ¿adónde va tan aburrido?
¿Que usted va a las iglesias con ese aburrimiento?
No es posible, señor, que vaya a las iglesias
con ese aburrimiento.
¿Que a los museos -dice- siendo tan aburrido?
¿Quién no siente en mi andar lo aburrido que estoy?
¡Qué aire de aburrimiento!
A la legua se ve su gran aburrimiento.
Mi gran aburrimiento.
Lo aburrido que estoy.
Y sin embargo… ¡Oooh!
He pisado una caca…
Acabo de pisar -¡santo Dios!- una caca…
Dicen que trae suerte el pisar una caca…
Que trae mucha suerte el pisar una caca…
¿Suerte, señores, suerte?
¿La suerte… la… la suerte?
Estoy pegado al suelo.
No puedo caminar.
Ahora sí que ya nunca volveré a caminar.
Me aburro, ay, me aburro.
Más que nunca me aburro.
Muerto de aburrimiento.
No hablo más…
Me morí.

Rafael Alberti Merello

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Gatos, gatos y gatos – Rafael Alberti Merello

Gatos, gatos y gatos y más gatos
me cercaron la alcoba en que dormía.
Pero el gato que entraba no salía,
muerto en las trampas de mis diez zapatos.

Cometí al fin tantos asesinatos,
que en toda Roma ningún gato había,
mas la rata implantó su monarquía,
sometiendo al ratón a sus mandatos.

Y así hallé tal castigo, que no duermo,
helado, inmóvil, solo, mudo, enfermo,
viendo agujerearse los rincones.

Condenado a morir viviendo a gatas,
en la noche comido por las ratas
y en el amanecer por los ratones.

Rafael Alberti Merello

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Pregón – Rafael Alberti Merello

¡Vendo nubes de colores:
las redondas, coloradas,
para endulzar los calores!

¡Vendo los cirros morados
y rosas, las alboradas,
los crepúsculos dorados!

¡El amarillo lucero,
cogido a la verde rama
del celeste duraznero!

¡Vendo la nieve, la llama
y el canto del pregonero!

Rafael Alberti Merello

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Madrigal al billete de tranvía – Rafael Alberti Merello

Adonde el viento, impávido, subleva torres de luz contra la sangre mía, tú, billete, flor nueva, cortada en los balcones del tranvía.

Huyes, directa, rectamente liso, en tu pétalo un nombre y un encuentro latentes, a ese centro cerrado y por cortar del compromiso.

Y no arde en ti la rosa, ni en ti priva el finado clavel, si la violeta contemporánea, viva, del libro que viaja en la chaqueta.

Rafael Alberti Merello

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Madrid – Rafael Alberti Merello

Por amiga, por amiga. Sólo por amiga.

Por amante, por querida. Sólo por querida.

Por esposa, no. Sólo por amiga.

Rafael Alberti Merello

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Los ángeles muertos – Rafael Alberti Merello

Buscad, buscadlos:
en el insomnio de las cañerías olvidadas,
en los cauces interrumpidos por el silencio de las basuras.
No lejos de los charcos incapaces de guardar una nube,
unos ojos perdidos,
una sortija rota
o una estrella pisoteada.
Porque yo los he visto:
en esos escombros momentáneos que aparecen en las neblinas.
Porque yo los he tocado:
en el destierro de un ladrillo difunto,
venido a la nada desde una torre o un carro.
Nunca más allá de las chimeneas que se derrumban,
ni de esas hojas tenaces que se estampan en los zapatos.
En todo esto.
Más en esas astillas vagabundas que se consumen sin fuego,
en esas ausencias hundidas que sufren los muebles desvencijados,
no a mucha distancia de los nombres y signos que se enfrían en las paredes.
Buscad, buscadlos:
debajo de la gota de cera que sepulta la palabra de un libro
o la firma de uno de esos rincones de cartas
que trae rodando el polvo.
Cerca del casco perdido de una botella,
de una suela extraviada en la nieve,
de una navaja de afeitar abandonada al borde de un precipicio.

Rafael Alberti Merello

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Galope – Rafael Alberti Merello

Las tierras, las tierras, las tierras de España, las grandes, las solas, desiertas llanuras. Galopa, caballo cuatralbo, jinete del pueblo, al sol y a la luna.

¡A galopar, a galopar, hasta enterrarlos en el mar!

A corazón suenan, resuenan, resuenan las tierras de España, en las herraduras. Galopa, jinete del pueblo, caballo cuatralbo, caballo de espuma.

¡A galopar, a galopar, hasta enterrarlos en el mar!

Nadie, nadie, nadie, que enfrente no hay nadie; que es nadie la muerte si va en tu montura. Galopa, caballo cuatralbo, jinete del pueblo, que la tierra es tuya.

¡A galopar, a galopar, hasta enterrarlos en el mar!

Rafael Alberti Merello

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En el día de su muerte a mano armada – Rafael Alberti Merello

Decidme de una vez si no fue alegre todo aquello
5 x 5 entonces no eran todavía 25
ni el alba había pensado en la negra existencia de los malos cuchillos.
Yo te juro a la luna no ser cocinero,
tú me juras a la luna no ser cocinera,
él nos jura a la luna no ser siquiera humo de tan tristísima cocina.
¿Quién ha muerto?
La oca está arrepentida de ser pato,
el gorrión de ser profesor de lengua china,
el gallo de ser hombre,
yo de tener talento y admirar lo desgraciada
que suele ser en el invierno la suela de un zapato.
A una reina se le ha perdido su corona,
a un presidente de república su sombrero,
a mí…
Creo que a mí no se me ha perdido nada,
que a mí nunca se me ha perdido nada,
que a mí…
¿Qué quiere decir buenos días?

Rafael Alberti Merello

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El niño de la palma – Rafael Alberti Merello

¡Qué revuelo!

¡Aire, que al toro torillo le pica el pájaro pillo que no pone el pie en el suelo!

¡Qué revuelo!

Ángeles con cascabeles arman la marimorena, plumas nevando en la arena rubí de los redondeles. La Virgen de los caireles baja una palma del cielo.

¡Qué revuelo!

—Vengas o no en busca mía, torillo mala persona, dos cirios y una corona tendrás en la enfermería.

¡Qué alegría! ¡Cógeme, torillo fiero! ¡Qué salero!

De la gloria a tus pitones, bajé, gorrión de oro, a jugar contigo al toro, no a pedirte explicaciones. ¡A ver si te las compones y vuelves vivo al chiquero!

¡Qué salero! ¡Cógeme, torillo fiero!

Alas en las zapatillas, céfiros en las hombreras, canario de las barreras, vuelas con las banderillas. Campanillas te nacen en las chorreras.

¡Qué salero! ¡Cógeme, torillo fiero!

Te digo y te lo repito, para no comprometerte, que tenga cuernos la muerte a mí se me importa un pito. Da, toro torillo, un grito y ¡a la gloria en angarillas!

¡Qué salero! ¡Que te arrastran las mulillas! ¡Cógeme, torillo fiero!

Rafael Alberti Merello

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El farolero y su novia – Rafael Alberti Merello

—Bien puedes amarme aquí,
que la luna yo encendí,
tú, por ti, sí, tú, por ti.
   —Sí, por mí.
   —Bien puedes besarme aquí,
faro, farol farolera,
la más álgida que vi.
   —Bueno, sí.
   —Bien puedes matarme aquí,
gélida novia lunera
del faro farolerí.
   —Ten. ¿Te di?

Rafael Alberti Merello

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El ángel de los números – Rafael Alberti Merello

Vírgenes con escuadras
y compases, velando
las celestes pizarras.
Y el ángel de los números,
pensativo, volando,
del 1 al 2, del 2
al 3, del 3 al 4.
Tizas frías y esponjas
rayaban y borraban
la luz de los espacios.
Ni sol, luna, ni estrellas,
ni el repentino verde
del rayo y el relámpago,
ni el aire. Sólo nieblas.
Vírgenes sin escuadras,
sin compases, llorando.
Y en las muertas pizarras,
el ángel de los números,
sin vida, amortajado
sobre el 1 y el 2,
sobre el 3, sobre el 4…

Rafael Alberti Merello

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El ángel avaro- Rafael Alberti Merello

Gentes de las esquinas
de pueblos y naciones que no están en el mapa
comentaban.
—Ese hombre está muerto
y no lo sabe.
Quiere asaltar la banca,
robar nubes, estrellas, cometas de oro,
comprar lo más difícil:
el cielo:
Y ese hombre está muerto.
Temblores subterráneos le sacuden la frente.
Tumbos de tierra desprendida,
ecos desvariados,
sones confusos de piquetas y azadas,
los oídos.
Los ojos,
luces de acetileno,
húmedas, áureas galerías.
El corazón,
explosiones de piedras, júbilos, dinamita.
Sueña con las minas.

Rafael Alberti Merello

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El alba denominadora – Rafael Alberti Merello

  A embestidas suaves y rosas, la madrugada te iba poniendo nombres:
Sueño equivocado, Ángel sin salida, Mentira de lluvia en bosque.
    Al lindero de mi alma, que recuerda los ríos,
indecisa, dudó, inmóvil:
¿Vertida estrella, Confusa luz en llanto, Cristal sin voces?
    No.
Error de nieve en agua, tu nombre.

Rafael Alberti Merello

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Desahucio – Rafael Alberti Merello

Ángeles malos o buenos,
que no sé,
te arrojaron en mi alma.
Sola,
sin muebles y sin alcobas,
deshabitada.
De rondón, el viento hiere
las paredes,
las más finas, vítreas láminas.
Humedad. Cadenas. Gritos.
Ráfagas.
Te pregunto:
¿cuándo abandonas la casa,
dime,
qué ángeles malos, crueles,
quieren de nuevo alquilarla?
Dímelo.

Rafael Alberti Merello

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Cuba dentro de un piano – Rafael Alberti Merello

Cuando mi madre llevaba un sorbete de fresa por sombrero
y el humo de los barcos aun era humo de habanero.
Mulata vuelta bajera.
Cádiz se adormecía entre fandangos y habaneras
y un lorito al piano quería hacer de tenor.
Dime dónde está la flor que el hombre tanto venera.
Mi tío Antonio volvía con su aire de insurrecto.
La Cabaña y el Príncipe sonaban por los patios del Puerto.
(Ya no brilla la Perla azul del mar de las Antillas.
Ya se apagó, se nos ha muerto).
Me encontré con la bella Trinidad.
Cuba se había perdido y ahora era verdad.
Era verdad, no era mentira.
Un cañonero huido llegó cantándolo en guajiras.
La Habana ya se perdió. Tuvo la culpa el
dinero…
Calló, cayó el cañonero.
Pero después, pero ¡ah! después…
fue cuando al SÍ lo hicieron YES.

Rafael Alberti Merello

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Corrida de toros – Rafael Alberti Merello

De sombra, sol y muerte, volandera
grana zumbando, el ruedo gira herido
por un clarín de sangre azul torera.

Abanicos de aplausos, en bandadas,
descienden, giradores, del tendido,
la ronda a coronar de los espadas.

Se hace añicos el aire, y violento,
un mar por media luna gris mandado
prende fuego a un farol que apaga el viento.

¡Buen caballito de los toros, vuela,
sin más jinete de oro y plata, al prado
de tu gloria de azúcar y canela!

Cinco picas al monte, y cinco olas
sus lomos empinados convirtiendo
en verbena de sangre y banderolas.

Carrusel de claveles y mantillas
de luna macarena y sol, bebiendo,
de naranja y limón, las banderillas.

Blonda negra, partida por dos bandas,
de amor injerto en oro la cintura,
presidenta del cielo y las barandas,

rosa en el palco de la muerte aún viva,
libre y por fuera sanguinaria y dura,
pero de corza el corazón, cautiva.

Brindis, cristiana mora, a ti, volando,
cuervo mudo y sin ojos, la montera
del áureo espada que en el sol lidiando

y en la sombra, vendido, de puntillas,
da su junco a la media luna fiera,
y a la muerte su gracia, de rodillas.

Veloz, rayo de plata en campo de oro
nacido de la arena y suspendido,
por un estambre, de la gloria, al toro,

mar sangriento de picas coronado,
en Dolorosa grana convertido,
centrar el ruedo manda, traspasado.

Feria de cascabel y percalina,
muerta la media luna gladiadora,
de limón y naranja, remolina

de la muerte, girando, y los toreros,
bajo una alegoría voladora
de palmas, abanicos y sombreros.

Rafael Alberti Merello

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Con él – Rafael Alberti Merello

Zarparé, al alba, del Puerto,
hacia Palos de Moguer,
sobre una barca sin remos.
De noche, solo, ¡a la mar!
y con el viento y contigo!
Con tu barba negra tú,
yo barbilampiño.

Rafael Alberti Merello

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Canción 8 – Rafael Alberti Merello

Hoy las nubes me trajeron,
volando, el mapa de España.
¡Qué pequeño sobre el río,
y qué grande sobre el pasto
la sombra que proyectaba!

Se le llenó de caballos
la sombra que proyectaba.
Yo, a caballo, por su sombra
busqué mi pueblo y mi casa.

Entré en el patio que un día
fuera una fuente con agua.
Aunque no estaba la fuente,
la fuente siempre sonaba.
Y el agua que no corría
volvió para darme agua.

Rafael Alberti Merello

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Alguien – Rafael Alberti Merello

Alguien barre
y canta
y barre
(zuecos en la madrugada).
Alguien
dispara las puertas.
¡Qué miedo,
madre!
(¡Ay, los que en andas del viento,
en un velero a estas horas
vayan arando los mares!)
Alguien barre
y canta
y barre.
Algún caballo, alejándose,
imprime su pie en el eco
de la calle.
¡Qué miedo,
madre!
¡Si alguien llamara a la puerta!
¡Si se apareciera padre
con su túnica talar
chorreando!…
¡Qué horror,
madre!
Alguien barre
y canta
y barre.

Rafael Alberti Merello

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A ROSA DE ALBERTI – Rafael Alberti Merello

Rosa de Alberti allá en el rodapié

del mirador del cielo se entreabría,

pulsadora del aire y prima mía,

al cuello un lazo blanco de moaré.

El barandal del arpa, desde el pie

hasta el bucle en la nieve, la cubría.

Enredando sus cuerdas, verdecía,

alga en hilos, la mano que se fue.

Llena de suavidades y carmines,

fanal de ensueño, vaga y voladora,

voló hacia los más altos miradores.

¡Miradla querubín de querubines,

del vergel de los aires pulsadora.

Pensativa de Alberti entre las flores!

Rafael Alberti Merello

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A MISS X – Rafael Alberti Merello

¡Ah, Miss X, Miss X: 20 años! Blusas en las ventanas, los peluqueros lloran sin tu melena —fuego rubio cortado—. ¡Ah, Miss X, Miss X sin sombrero, alba sin colorete, sola, tan libre, tú, en el viento! No llevabas pendientes. Las modistas, de blanco, en los balcones, perdidas por el cielo. —¡A ver! ¡Al fin! ¿Qué? ¡No! Sólo era un pájaro, no tú, Miss X niña. El barman, ¡oh, qué triste! (Cerveza. Limonada. Whisky. Cocktail de ginebra.) Ha pintado de negro las botellas. Y las banderas, alegrías del bar, de negro, a media asta. ¡Y el cielo sin girar tu radiograma! Treinta barcos, cuarenta hidroaviones y un velero cargado de naranjas, gritando por el mar y por las nubes. Nada.

¡Ah, Miss X! ¿Adónde? S. M. el Rey de tu país no come. No duerme el Rey. Fuma. Se muere por la costa en automóvil. Ministerios, Bancos del oro, Consulados, Casinos, Tiendas, Parques, cerrados. Y, mientras, tú, en el viento —¿te aprietan los zapatos?—, Miss X, de los mares —di, ¿te lastima el aire?—. ¡Ah, Miss X, Miss X, qué fastidio! Bostezo. Adiós… Good bye… (Ya nadie piensa en ti. Las mariposas de acero, con las alas tronchadas, incendiando los aires, fijas sobre las dalias movibles de los vientos. Sol electrocutado. Luna carbonizada. Temor al oso blanco del invierno. Veda. Prohibida la caza marítima, celeste, por orden del Gobierno. Ya nadie piensa en ti, Miss X niña.)

Rafael Alberti Merello

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A LUIS CERNUDA – Rafael Alberti Merello

Si el aire se dijera un día: —Estoy cansado, rendido de mi nombre… Ya no quiero ni mi inicial para firmar el bucle del clavel, el rizado de la rosa, el pliegecillo fino del arroyo, el gracioso volante de la mar y el hoyuelo que ríe en la mejilla de la vela…

Desorientado, subo de las blandas, dormidas superficies que dan casa a mi sueño. Fluyo de las paradas enredaderas, calo los ciegos ajimeces de las torres; tuerzo, ya pura delgadez, las calles de afiladas esquinas, penetrando, roto y herido de los quicios, hondos zaguanes que se van a verdes patios donde el agua elevada me recuerda, dulce y desesperada, mi deseo…

Busco y busco llamarme ¿con qué nueva palabra, de qué modo? ¿No hay soplo, no hay aliento, respiración capaz de poner alas a esa desconocida voz que me denomine?

Desalentado, busco y busco un signo, un algo o alguien que me sustituya que sea como yo y en la memoria fresca de todo aquello, susceptible de tenue cuna y cálido susurro, perdure con el mismo temblor, el mismo hálito que tuve la primera mañana en que al nacer, la luz me dijo: ??Vuela. Tú eres el aire.

Si el aire se dijera un día eso…

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A FEDERICO GARCÍA LORCA – Rafael Alberti Merello

Sal tú, bebiendo campos y ciudades,

en largo ciervo de agua convertido,

hacia el mar de las albas claridades,

del martín-pescador mecido nido;

que yo saldré a esperarte, amortecido,

hecho junco, a las altas soledades,

herido por el aire y requerido

por tu voz, sola entre las tempestades.

Deja que escriba, débil junco frío,

mi nombre en esas aguas corredoras,

que el viento llama, solitario, río.

Disuelto ya en tu nieve el nombre mío,

vuélvete a tus montañas trepadoras,

ciervo de espuma, rey del monterío.

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Vuela la noche antigua de erecciones – Rafael Alberti Merello

Vuela la noche antigua de erecciones,

Muertas, como las manos, a la aurora.

Un clavel prolongado desmejora,

Hasta empalidecerlos, los limones.

Contra lo oscuro cimbran esquilones,

Y émbolos de una azul desnatadora

Mueven entre la sangre batidora

Un vertido rodar de cangilones.

Cuando el cielo se arranca su armadura

Y en un errante nido de basura

Le grita un ojo al sol recién abierto.

Futuro en las entrañas sueña el trigo,

Llamando al hombre para ser testigo…

Mas ya el hombre a su lado duerme muerto.

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Ven. Ven. Así. Te beso – Rafael Alberti Merello

Ven. Ven. Así. Te beso. Te arranco. Te arrebato. Te compruebo en lo oscuro, ardiente oscuridad, abierta, negra, oculta derramada golondrina, oh tan azul, de negra, palpitante. Oh así, así, ansiados, blandos labios undosos, piel de rosa o corales delicados, tan finos. Así, así, absorbidos, más y más, succionados. Así, por todo el tiempo. Muy de allá, de lo hondo, dulces ungüentos desprendidos, amados, bebidos con frenesí, amor hasta desesperados. Mi único, mi solo, solitario alimento, mi húmedo, lloviznado en mi boca, resbalado en mi ser. Amor. Mi amor. Ay, ay. Me dueles. Me lastimas. Ráspame, límame, jadéame tú a mí, comienza y recomienza, con dientes y garganta, muriendo, agonizando, nuevamente volviendo, falleciendo otra vez, así por siempre, para siempre, en lo oscuro, quemante oscuridad, uncida noche, amor, sin morir y muriendo, amor, amor, amor, eternamente.

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Ven – Rafael Alberti Merello

Ven, mi amor, en la tarde de Aniene y siéntate conmigo a ver el viento. Aunque no estés, mi solo pensamiento es ver contigo el viento que va y viene.

Tú no te vas, porque mi amor te tiene. Yo no me iré, pues junto a ti me siento más vida de mi sangre, más tu aliento, más luz del corazón que me sostiene.

Tú no te irás, mi amor, aunque lo quieras. Tú no te irás, mi amor, y si te fueras, aún yéndote, mi amor, jamás te irías.

Es tuya mi canción, en ella estoy. Y en ese viento que va y viene voy, y en ese viento siempre me verías.

Rafael Alberti Merello

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Un papel desvelado en su blancura – Rafael Alberti Merello

Un papel desvelado en su blancura. La hoja blanca de un álamo intachable. El revés de un jazmín insobornable. Una azucena virgen de escritura.

El albo viso de una córnea pura. La piel del agua impúber e impecable. El dorso de una estrella invulnerable Sobre lo opuesto a una paloma oscura.

Lo blanco a lo más blanco desafía. Se asesinan de cal los carmesíes Y el pelo rubio de la luz es cano.

Nada se atreve a desdecir el día. Mas todo se me mancha de alhelíes Por la movida nieve de una mano.

Rafael Alberti Merello

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Tirteo – Rafael Alberti Merello

¿Qué tienes, dime, Musa de mis cuarenta años? -Nostalgias de la tierra, de la mar y del colegio…

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Soneto – Rafael Alberti Merello

Oh tú mi amor, la de subidos senos en punta de rubíes levantados los más firmes, pulidos, deseados, llenos de luz y de penumbra llenos.

Hermosos, dulces, mágicos, serenos o en la batalla erguidos, agitados, o ya en juegos de puro amor besados, gráciles corzas de dormir morenos.

Oh tú mi amor, el esmerado estilo de tu gran hermosura que en sigilo casi muriendo alabo a toda hora.

Oh tú mi amor, yo canto la armonía de tus perfectos senos la alegría al ver que se me abren cada aurora.

Rafael Alberti Merello

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Sixtina – Rafael Alberti Merello

Tú mi vida, esta noche me has borrado del corazón y hasta del pensamiento, y tal vez, sin saberlo, me has negado dándome por perdido ya en el viento. Más luego, vida, vi cómo llorabas, entre mis brazos y que me besabas.

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Sabes tanto de mí, que yo mismo quisiera – Rafael Alberti Merello

Sabes tanto de mí, que yo mismo quisiera repetir con tus labios mi propia poesía, elegir un pasaje de mi vida primera: un cometa en la playa, peinado por Sofía.

No tengo que esperar ni que decirte espera a ver en la memoria de la melancolía, los pinares de Ibiza, la escondida trinchera, el lento amanecer sin que llegara el día.

Y luego amor, y luego, ver que la vida avanza plena de abiertos años y plena de colores, sin final, no cerrada al sol por ningún muro.

Tú sabes bien que en mí no muere la esperanza, que los años en mí no son hojas, son flores, que nunca soy pasado, sino siempre futuro.

Rafael Alberti Merello

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Retornos del ángel de sombra – Rafael Alberti Merello

A veces, amor mío, soy tu ángel de sombra. Me levanto de no sé qué guaridas, fulmíneo, entre los dientes una espada de filos amargos, una triste espada que tú bien, mi pobre amor, conoces. Son los días oscuros de la furia, las horas del despiadado despertar, queriéndote en medio de las lágrimas subidas del más injusto y dulce desconsuelo. Yo sé, mi amor, de dónde esas tinieblas vienen a mí, ciñéndote, apretándome hasta hacerlas caer sobre tus hombros y doblarlos, deshechos como un río. ¿Qué quieres tú, si a veces, amor mío, así soy, cuando en las imborrables piedras pasadas, ciego, me destrozo y batallo por romperlas, por verte libre y sola en la luz mía? Vencido siempre, aniquilado siempre, vuelvo a la calma, amor, a la serena felicidad, hasta ese oscuro instante en que de nuevo bajo a mis guaridas para erguirme otra vez tu ángel de sombra.

Rafael Alberti Merello

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Retornos del amor tal como era – Rafael Alberti Merello

Eras en aquel tiempo rubia y grande, sólida espuma ardiente y levantada Parecías un cuerpo desprendido de los centros del sol, abandonado por un golpe de mar en las arenas.

Todo era fuego en aquel tiempo. Ardía la playa en tu contorno. A rutilantes vidrios de voz quedaban reducidos las algas, los moluscos y las piedras que el oleaje contra ti mandaba.

Todo era fuego, exhalación, latido de onda caliente en ti. Si era una mano la atrevida o los labios, ciegas ascuas, voladoras, silbaban por el aire. Tiempo abrasado, sueño consumido.

Yo me volqué en tu espuma en aquel tiempo.

Rafael Alberti Merello

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Retornos del amor recién aparecido – Rafael Alberti Merello

Cuando tu apareciste, penaba yo en la entraña más profunda de una cueva sin aire y sin salida. Braceaba en lo oscuro, agonizando, oyendo un estertor que aleteaba como el latir de un ave imperceptible. Sobre mí derramaste tus cabellos y ascendí al sol y vi que eran la aurora cubriendo un alto mas en primavera. Fue como si llegara al más hermoso puerto del mediodía. Se anegaban en ti los más lucidos paisajes: claros, agudos montes coronados de nueve rosa, fuentes escondidas en el rizado umbroso de los bosques. Yo aprendí a descansar sobre sus hombros y a descender por ríos y laderas, a entrelazarme en las tendidas ramas y a hacer del sueño mi más dulce muerte. Arcos me abriste y mis floridos años recién subidos a la luz, yacieron bajo el amor de tu apretada sombra, sacando el corazón al viento libre y ajustándolo al verde son del tuyo. Ya iba a dormir, ya a despertar sabiendo que no penaba en una cueva oscura, braceando sin aire y sin salida. Porque habías al fin aparecido.

Rafael Alberti Merello

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Retornos del amor en los vividos paisajes – Rafael Alberti Merello

Creemos, amor mío, que aquellos paisajes se quedaron dormidos o muertos con nosotros en la edad, en el día en que los habitamos; que los árboles pierden la memoria y las noches se van, dando al olvido lo que las hizo hermosas y tal vez inmortales.

Pero basta el más leve palpitar de una hoja, una estrella borrada que respira de pronto para vernos los mismos alegres que llenamos los lugares que juntos nos tuvieron. Y así despiertas hoy, mi amor, a mi costado, entre los groselleros y las fresas ocultas al amparo del firme corazón de los bosques. Allí está la caricia mojada de rocío, las briznas delicadas que refrescan tu lecho, los silfos encantados de ornar tu cabellera y las altas ardillas misteriosas que llueven sobre tu sueño el verde menudo de las ramas.

Sé feliz, hoja, siempre: nunca tengas otoño, hoja que me has traído con tu temblor pequeño el aroma de tanta ciega edad luminosa. Y tú, mínima estrella perdida que me abres las íntimas ventanas de mis noches más jóvenes, nunca cierres tu lumbre sobre tantas alcobas que al alba nos durmieron y aquella biblioteca con la luna y los libros aquellos dulcemente caídos y los montes afuera desvelados cantándonos.

Rafael Alberti Merello

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Retornos del amor en las arenas – Rafael Alberti Merello

Esta mañana, amor, tenemos veinte años. Van voluntariamente lentas, entrelazándose nuestras sombras descalzas camino de los huertos que enfrentan los azules de mar con sus verdores. Tú todavía eres casi la aparecida, la llegada una tarde sin luz entre dos luces, cuando el joven sin rumbo de la ciudad prolonga, pensativo, a sabiendas el regreso a su casa. Tú todavía eres aquella que a mi lado vas buscando el declive secreto de las dunas, la ladera recóndita de la arena, el oculto cañaveral que pone cortinas a los ojos marineros del viento. Allí estás, allí estoy contra ti, comprobando la alta temperatura de las odas felices, el corazón del mar ciegamente ascendido, muriéndose en pedazos de dulce sal y espumas. Todo nos mira alegre, después , por las orillas. Los castillos caídos sus almenas levantan, las algas nos ofrecen coronas y las velas, tendido el vuelo, quieren cantar sobre las torres.

Esta mañana, amor, tenemos veinte años.

Rafael Alberti Merello

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Retornos del amor en la noche triste – Rafael Alberti Merello

Ven, amor mío, ven, en esta noche sola y triste de Italia. Son tus hombros fuertes y bellos los que necesito. Son tus preciosos brazos, la largura maciza de tus muslos y ese arranque de pierna, esa compacta línea que te rodea y te suspende, dichoso mar, abierta playa mía. ¿Cómo decirte, amor, en esta noche solitaria de Génova, escuchando el corazón azul del oleaje, que eres tú la que vienes por la espuma? Bésame, amor, en esta noche triste. Te diré las palabras que mis labios, de tanto amor, mi amor, no se atrevieron. Amor mío, amor mío, es tu cabeza de oro tendido junto a mí, su ardiente bosque largo de otoño quien me escucha. Óyeme, que te llamo. Vida mía, sí, vida mía, vida mía sola. ¿De quién más, de quién más si solamente puedo ser yo quien cante a tus oídos: vida, vida, mi vida, vida mía? ¿Qué soy sin ti, mi amor? Dime qué fuera sin ese fuerte y dulce muro blando que me da luz cuando me da la sombra, sueño, cuando se escapa de mis ojos. Yo no puedo dormir. ¡Cuántas auroras, oscuras, braceando en las tinieblas, sin encontrarte, amor! ¡Cuántos amargos golpes de sal, sin ti, contra mi boca! ¿Dónde estás? ¿Dónde estás? Dime, amor mío. ¿Me escuchas? ¿No me sientes llegar como una lágrima llamándote, por encima del mar, en esta noche?

Rafael Alberti Merello

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Poemas de Gustavo Adolfo Bécquer

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Libro de los gorriones – Gustavo Adolfo Bécquer

I

Como se arranca el hierro de una herida su amor de las entrañas me arranqué, ¡aunque sentí al hacerlo que la vida me arrancaba con él! Del altar que le alcé en el alma mía la Voluntad su imagen arrojó, y la luz de la fe que en ella ardía ante el ara desierta se apagó. Aun para combatir mi firme empeño viene a mi mente su visión tenaz… ¡Cuándo podré dormir con ese sueño en que acaba el soñar!

II

Yo me he asomado a las profundas simas de la tierra y del cielo, y les he visto el fin o con los ojos o con el pensamiento. Mas ¡ay! de un corazón llegué al abismo y me incliné un momento, y mi alma y mis ojos se turbaron: ¡Tan hondo era y tan negro!

III

En la clave del arco mal seguro cuyas piedras el tiempo enrojeció, obra de cincel rudo campeaba el gótico blasón. Penacho de su yelmo de granito, la yedra que colgaba en derredor daba sombra al escudo en que una mano tenía un corazón. A contemplarle en la desierta plaza nos paramos los dos. Y, ese, me dijo, es el cabal emblema de mi constante amor. ¡Ay!, es verdad lo que me dijo entonces: verdad que el corazón lo llevará en la mano… en cualquier parte… pero en el pecho no.

IV

¡Los suspiros son aire y van al aire! ¡Las lágrimas son agua y van al mar! Dime, mujer: cuando el amor se olvida, ¿sabes tú a dónde va?

V

Las ondas tienen vaga armonía, las violetas suave olor, brumas de plata la noche fría, luz y oro el día, yo algo mejor; ¡yo tengo Amor!

Aura de aplausos, nube radiosa, ola de envidia que besa el pie. Isla de sueños donde reposa el alma ansiosa. Dulce embriaguez ¡la Gloria es!

Ascua encendida es el tesoro, sombra que huye la vanidad. Todo es mentira: la gloria, el oro, lo que yo adoro sólo es verdad: ¡la Libertad!

Así los barqueros pasaban cantando la eterna canción y a golpe de remo saltaba la espuma y heríala el sol. -¿Te embarcas? gritaban, y yo sonriendo les dije al pasar: Yo ya me he embarcado, por señas que aún tengo la ropa en la playa tendida a secar.

VI

Fatigada del baile, encendido el color, breve el aliento, apoyada en mi brazo del salón se detuvo en un extremo. Entre la leve gasa que levantaba el palpitante seno, una flor se mecía en compasado y dulce movimiento. Como en cuna de nácar que empuja el mar y que acaricia el céfiro, tal vez allí dormía al soplo de sus labios entreabiertos. ¡Oh! ¡quién así, pensaba, dejar pudiera deslizarse el tiempo! ¡Oh! si las flores duermen, ¡qué dulcísimo sueño!

VII

Voy contra mi interés al confesarlo, no obstante, amada mía, pienso cual tú que una oda solo es buena de un billete del Banco al dorso escrita. No faltará algún necio que al oírlo se haga cruces y diga: Mujer al fin del siglo diez y nueve material y prosaica… ¡Boberías! ¡Voces que hacen correr cuatro poetas que en invierno se embozan con la lira! ¡Ladridos de los perros a la luna! Tú sabes y yo sé que en esta vida, con genio es muy contado el que la escribe, y con oro cualquiera hace poesía.

VIII

¿Quiéres que de ese néctar delicioso no te amarge la hez? Pues aspírale, acércale a tus labios y déjale después. ¿Quieres que conservemos una dulce memoria de este amor? Pues amémosnos hoy mucho y mañana ¡digámosnos, adiós!

IX

Entre el discorde estruendo de la orgía acarició mi oído como nota de música lejana, el eco de un suspiro. El eco de un suspiro que conozco, formado de un aliento que he bebido, perfume de una flor que oculta crece en un claustro sombrío. Mi adorada de un día, cariñosa, -¿En qué piensas? me dijo: -En nada… -En nada ¿y lloras? — Es que tengo alegre la tristeza y triste el vino.

X

Como en un libro abierto leo de tus pupilas en el fondo. ¿A qué fingir el labio risas que se desmienten con los ojos? ¡Llora! No te avergüences de confesar que me quisiste un poco. ¡Llora! Nadie nos mira. Ya ves; yo soy un hombre… y también lloro.

XI

Yo sé un himno gigante y extraño que anuncia en la noche del alma una aurora, y estas páginas son de ese himno cadencias que el aire dilata en las sombras.

Yo quisiera escribirle, del hombre domando el rebelde mezquino idioma, con palabras que fuesen a un tiempo suspiros y risas, colores y notas.

Pero en vano es luchar; que no hay cifra capaz de encerrarle, y apenas ¡oh! ¡hermosa! si teniendo en mis manos las tuyas pudiera al oído cantártelo a solas.

XII

Lo que el salvaje que con torpe mano hace de un tronco a su capricho un dios y luego ante su obra se arrodilla, eso hicimos tú y yo.

Dimos formas reales a un fantasma, de la mente ridícula invención y hecho el ídolo ya, sacrificamos en su altar nuestro amor.

XIII

Del salón en el ángulo oscuro, de su dueña tal vez olvidada, silenciosa y cubierta de polvo, veíase el arpa.

¡Cuánta nota dormía en sus cuerdas, como el pájaro duerme en las ramas, esperando la mano de nieve que sabe arrancarlas!

¡Ay!, pensé, ¡cuántas veces el genio así duerme en el fondo del alma, y una voz como Lázaro espera que le diga «¡Levántate y anda!»

XIV

Alguna vez la encuentro por el mundo y pasa junto a mí y pasa sonriéndose y yo digo ¿Cómo puede reír?

Luego asoma a mi labio otra sonrisa máscara del dolor, y entonces pienso: -Acaso ella se ríe, como me río yo.

XV

Saeta que voladora cruza, arrojada al azar, y que no se sabe dónde temblando se clavará;

hoja que del árbol seca arrebata el vendaval, sin que nadie acierte el surco donde al polvo volverá.

Gigante ola que el viento riza y empuja en el mar y rueda y pasa y se ignora qué playa buscando va.

Luz que en cercos temblorosos brilla próxima a expirar, y que no se sabe de ellos cuál el último será.

Eso soy yo que al acaso cruzo el mundo sin pensar de dónde vengo ni a dónde mis pasos me llevarán.

XVI

Cuando me lo contaron sentí el frío de una hoja de acero en las entrañas, me apoyé contra el muro, y un instante la conciencia perdí de dónde estaba.

Cayó sobre mi espíritu la noche en ira y en piedad se anegó el alma ¡y entonces comprendí por qué se llora! ¡y entonces comprendí por qué se mata!

Pasó la nube de dolor… con pena logré balbucear breves palabras… ¿Quién me dio la noticia?… Un fiel amigo… Me hacía un gran favor… Le di las gracias.

XVII

Yo sé cuál el objeto de tus suspiros es. Yo conozco la causa de tu dulce secreta languidez.

¿Te ríes…? Algún día sabrás, niña, por qué: Tú acaso lo sospechas, y yo lo sé.

Yo sé cuándo tú sueñas, y lo que en sueños ves; como en un libro puedo lo que callas en tu frente leer.

¿Te ríes…? Algún día sabrás, niña, por qué: Tú acaso lo sospechas y yo lo sé.

Yo sé por qué sonríes y lloras a la vez. Yo penetro en los senos misteriosos de tu alma de mujer.

¿Te ríes…? Algún día sabrás, niña, por qué: mientras tú sientes mucho y nada sabes, yo que no siento ya, todo lo sé.

XVIII

¡Qué hermoso es ver el día coronado de fuego levantarse, y a su beso de lumbre brillar las olas y encenderse el aire!

¡Qué hermoso es tras la lluvia del triste Otoño en la azulada tarde, de las húmedas flores el perfume aspirar hasta saciarse!

¡Qué hermoso es cuando en copos la blanca nieve silenciosa cae, de las inquietas llamas ver las rojizas lenguas agitarse!

¡Qué hermoso es cuando hay sueño dormir bien… y roncar como un sochantre… y comer… y engordar… ¡y qué fortuna que esto sólo no baste!

XIX

¿Cómo vive esa rosa que has prendido junto a tu corazón? Nunca hasta ahora contemplé en el mundo junto al volcán la flor.

XX

Hoy como ayer, mañana como hoy ¡y siempre igual! Un cielo gris, un horizonte eterno y andar… andar.

Moviéndose a compás como una estúpida máquina el corazón; la torpe inteligencia del cerebro dormida en un rincón.

El alma, que ambiciona un paraíso, buscándole sin fe; fatiga sin objeto, ola que rueda ignorando por qué.

Voz que incesante con el mismo tono canta el mismo cantar, gota de agua monótona que cae y cae sin cesar.

Así van deslizándose los días uno de otros en pos, hoy lo mismo que ayer… y todos ellos sin gozo ni dolor.

¡Ay! ¡a veces me acuerdo suspirando del antiguo sufrir! ¡Amargo es el dolor pero siquiera padecer es vivir!

XXI

¿Qué es poesía?, dices mientras clavas en mi pupila tu pupila azul. ¡Qué es poesía!, ¿Y tú me lo preguntas? Poesía… eres tú.

XXII

Por una mirada, un mundo, por una sonrisa, un cielo, por un beso… yo no sé qué te diera por un beso.

XXIII

¿Será verdad que cuando toca el sueño con sus dedos de rosa nuestros ojos, de la cárcel que habita huye el espíritu en vuelo presuroso?

¿Será verdad que, huésped de las nieblas, de la brisa nocturna al tenue soplo, alado sube a la región vacía a encontrarse con otros?

¿Y allí desnudo de la humana forma, allí los lazos terrenales rotos, breves horas habita de la idea el mundo silencioso?

¿Y ríe y llora y aborrece y ama y guarda un rastro del dolor y el gozo, semejante al que deja cuando cruza el cielo un meteoro?

Yo no sé si ese mundo de visiones vive fuera o va dentro de nosotros: Pero sé que conozco a muchas gentes a quienes no conozco.

XXIV

Las ropas desceñidas, desnudas las espadas, en el dintel de oro de la puerta dos ángeles velaban.

Me aproximé a los hierros que defienden la entrada, y de las dobles rejas en el fondo la vi confusa y blanca.

La vi como la imagen que en leve ensueño pasa, como rayo de luz tenue y difuso que entre tinieblas nada.

Me sentí de un ardiente deseo llena el alma; como atrae un abismo, aquel misterio hacia sí me arrastraba.

Mas ¡ay! que de los ángeles parecían decirme las miradas -El umbral de esta puerta sólo Dios lo traspasa.

XXV

Cuando miro el azul horizonte perderse a lo lejos, al través de una gasa de polvo dorado e inquieto, me parece posible arrancarme del mísero suelo y flotar con la niebla dorada ¡en átomos leves cual ella desecho!

Cuando miro de noche en el fondo oscuro del cielo las estrellas temblar como ardientes pupilas de fuego, me parece posible a dó brillan subir en un vuelo, y anegarme en su luz, y con ellas en lumbre encendido fundirme en un beso.

En el mar de la duda en que bogo ni aún sé lo que creo; sin embargo estas ansias me dicen que yo llevo algo divino aquí dentro.

XXVI

Tú eras el huracán y yo la alta torre que desafía su poder: ¡tenías que estrellarte o que abatirme! ¡No podía ser!

Tú eras el océano y yo la enhiesta roca que firme aguarda su vaivén: ¡tenías que romperte o que arrancarme! ¡No podía ser!

Hermosa tú, yo altivo: acostumbrados uno a arrollar, el otro a no ceder: la senda estrecha, inevitable el choque… ¡No podía ser!

XXVII

Besa el aura que gime blandamente las leves ondas que jugando riza; el sol besa a la nube en occidente y de púrpura y oro la matiza;

la llama en derredor del tronco ardiente por besar a otra llama se desliza y hasta el sauce inclinándose a su peso al río que le besa, vuelve un beso.

XXVIII

Antes que tú me moriré: escondido en las entrañas ya el hierro llevo con que abrió tu mano la ancha herida mortal.

Antes que tú me moriré: y mi espíritu, en su empeño tenaz se sentará a las puertas de la Muerte, esperándote allá.

Con las horas los días, con los días los años volarán, y a aquella puerta llamarás al cabo… ¿Quién deja de llamar?

Entonces, que tu culpa y tus despojos la tierra guardará, lavándote en las ondas de la muerte como en otro Jordán.

Allí, donde el murmullo de la vida temblando a morir va, como la ola que a la playa viene silenciosa a expirar.

Allí donde el sepulcro que se cierra abre una eternidad. Todo cuanto los dos hemos callado allí lo hemos de hablar.

XXIX

Tu pupila es azul y cuando ríes su claridad suave me recuerda el trémulo fulgor de la mañana que en el mar se refleja.

Tu pupila es azul y cuando lloras las transparentes lágrimas en ella se me figuran gotas de rocío sobre una violeta.

Tu pupila es azul y si en su fondo como un punto de luz radia una idea me parece en el cielo de la tarde una perdida estrella.

XXX

Nuestra pasión fue un trágico sainete en cuya absurda fábula lo cómico y lo grave confundidos risas y llanto arrancan.

Pero fue lo peor de aquella historia que al fin de la jornada a ella tocaron lágrimas y risas y a mí, sólo las lágrimas.

XXXI

Cuando en la noche te envuelven las alas de tul del sueño y tus tendidas pestañas semejan arcos de ébano, por escuchar los latidos de tu corazón inquieto y reclinar tu dormida cabeza sobre mi pecho, ¡diera, alma mía, cuanto poseo, la luz, el aire y el pensamiento!

Cuando se clavan tus ojos en un invisible objeto y tus labios ilumina de una sonrisa el reflejo, por leer sobre tu frente el callado pensamiento que pasa como la nube del mar sobre el ancho espejo, ¡diera, alma mía, cuanto deseo, la fama, el oro, la gloria, el genio!

Cuando enmudece tu lengua y se apresura tu aliento, y tus mejillas se encienden y entornas tus ojos negros, por ver entre sus pestañas brillar con húmedo fuego la ardiente chispa que brota del volcán de los deseos, diera, alma mía, por cuanto espero, la fe, el espíritu, la tierra, el cielo.

XXXII

Este armazón de huesos y pellejo de pasear una cabeza loca se halla cansado al fin y no lo extraño pues aunque es la verdad que no soy viejo,

de la parte de vida que me toca en la vida del mundo, por mi daño he hecho un uso tal, que juraría que he condensado un siglo en cada día.

Así, aunque ahora muriera, no podría decir que no he vivido; que el sayo, al parecer nuevo por fuera, conozco que por dentro ha envejecido.

¡Ha envejecido, sí; pese a mi estrella! harto lo dice ya mi afán doliente; que hay dolor que al pasar su horrible huella graba en el corazón, si no en la frente.

XXXIII

Dos rojas lenguas de fuego que a un mismo tronco enlazadas se aproximan, y al besarse forman una sola llama.

Dos notas que del laúd a un tiempo la mano arranca, y en el espacio se encuentran y armoniosas se abrazan.

Dos olas que vienen juntas a morir sobre una playa y que al romper se coronan con un penacho de plata.

Dos jirones de vapor que del lago se levantan, y al juntarse allá en el cielo forman una nube blanca.

Dos ideas que al par brotan, dos besos que a un tiempo estallan, dos ecos que se confunden, eso son nuestras dos almas.

XXXIV

Dejé la luz a un lado y en el borde de la revuelta cama me senté, mudo, sombrío, la pupila inmóvil clavada en la pared.

¿Qué tiempo estuve así? No sé: al dejarme la embriaguez horrible de dolor, expiraba la luz y en mis balcones reía el sol.

Ni sé tampoco en tan terribles horas en qué pensaba o qué pasó por mí; sólo recuerdo que lloré y maldije, y que en aquella noche envejecí.

XXXV

Olas gigantes que os rompéis bramando en las playas desiertas y remotas, envuelto entre la sábana de espumas, ¡llevadme con vosotras!

Ráfagas de huracán que arrebatáis del alto bosque las marchitas hojas, arrastrado en el ciego torbellino, ¡llevadme con vosotras!

Nubes de tempestad que rompe el rayo y en fuego ornáis las desprendidas orlas, arrebatado entre la niebla oscura, ¡llevadme con vosotras!

Llevadme por piedad a donde el vértigo con la razón me arranque la memoria. ¡Por piedad! ¡tengo miedo de quedarme con mi dolor a solas!

XXXVI

Cuando volvemos las fugaces horas del pasado a evocar, temblando brilla en sus pestañas negras una lágrima pronta a resbalar.

Y al fin resbala y cae como gota del rocío al pensar que cual hoy por ayer, por hoy mañana volveremos los dos a suspirar.

XXXVII

Sabe si alguna vez tus labios rojos quema invisible atmósfera abrasada, que el alma que hablar puede con los ojos también puede besar con la mirada.

XXXVIII

Volverán las oscuras golondrinas en tu balcón sus nidos a colgar, y otra vez con el ala a sus cristales jugando llamarán.

Pero aquéllas que el vuelo refrenaban tu hermosura y mi dicha a contemplar, aquéllas que aprendieron nuestros nombres… ésas… ¡no volverán!

Volverán las tupidas madreselvas de tu jardín las tapias a escalar y otra vez a la tarde aún más hermosas sus flores se abrirán.

Pero aquellas cuajadas de rocío cuyas gotas mirábamos temblar y caer como lágrimas del día… ésas… ¡no volverán!

Volverán del amor en tus oídos las palabras ardientes a sonar, tu corazón de su profundo sueño tal vez despertará.

Pero mudo y absorto y de rodillas como se adora a Dios ante su altar, como yo te he querido… desengáñate, nadie así te amará.

XXXIX

No digáis que agotado su tesoro, de asuntos falta, enmudeció la lira; podrá no haber poetas; pero siempre habrá poesía.

Mientras las ondas de la luz al beso palpiten encendidas, mientras el sol las desgarradas nubes de fuego y oro vista,

mientras el aire en su regazo lleve perfumes y armonías, mientras haya en el mundo primavera, ¡habrá poesía!

Mientras la ciencia a descubrir no alcance las fuentes de la vida, y en el mar o en el cielo haya un abismo que al cálculo resista,

mientras la humanidad siempre avanzando no sepa a dó camina, mientras haya un misterio para el hombre, ¡habrá poesía!

Mientras se sienta que se ríe el alma, sin que los labios rían; mientras se llore, sin que el llanto acuda a nublar la pupila;

mientras el corazón y la cabeza batallando prosigan; mientras haya esperanzas y recuerdos, ¡habrá poesía!

Mientras haya unos ojos que reflejen los ojos que los miran, mientras responda el labio suspirando al labio que suspira,

mientras sentirse puedan en un beso dos almas confundidas, mientras exista una mujer hermosa ¡habrá poesía!

¿A qué me lo decís? Lo sé: es mudable, es altanera y vana y caprichosa; antes que el sentimiento de su alma, brotará el agua de la estéril roca.

XL

Asomaba a sus ojos una lágrima y a mi labio una frase de perdón; habló el orgullo y se enjugó su llanto, y la frase en mis labios expiró.

Yo voy por un camino; ella, por otro; pero al pensar en nuestro mutuo amor, yo digo aún ¿por qué callé aquel día? Y ella dirá ¿por qué no lloré yo?

XLI

Mi vida es un erial, flor que toco se deshoja; que en mi camino fatal alguien va sembrando el mal para que yo lo recoja.

XLII

Sacudimiento extraño que agita las ideas como huracán que empuja las olas en tropel.

Murmullo que en el alma se eleva y va creciendo como volcán que sordo anuncia que va a arder.

Deformes siluetas de seres imposibles, paisajes que aparecen como al través de un tul.

Colores que fundiéndose remedan en el aire los átomos del Iris que nadan en la luz.

Ideas sin palabras, palabras sin sentido; cadencias que no tienen ni ritmo ni compás.

Memorias y deseos de cosas que no existen; accesos de alegría, impulsos de llorar.

Actividad nerviosa que no halla en qué emplearse; sin riendas que le guíen, caballo volador.

Locura que el espíritu exalta y desfallece; embriaguez divina del genio creador. Tal es la inspiración.

Gigante voz que el caos ordena en el cerebro y entre las sombras hace la luz aparecer, brillante rienda de oro que poderosa enfrena de la exaltada mente el volador corcel.

Hilo de luz que en haces los pensamientos ata, sol que las nubes rompe y toca en el cenit.

Inteligente mano que en un collar de perlas consigue las indóciles palabras reunir.

Armonioso ritmo que con cadencia y número las fugitivas notas encierra en el compás.

Cincel que el bloque muerde la estatua modelando, y la belleza plástica añade a la ideal.

Atmósfera en que giran con orden las ideas, cual átomos que agrupa recóndita atracción.

Raudal en cuyas ondas su sed la fiebre apaga, descanso en que el espíritu recobra su vigor.

Tal es nuestra razón. Con ambas siempre en lucha y de ambas vencedor, tan sólo al genio es dado a un yugo atar las dos.

XLIII

Si al mecer las azules campanillas de tu balcón, crees que suspirando pasa el viento murmurador, sabe que oculto entre las verdes hojas suspiro yo.

Si al resonar confuso a tus espaldas vago rumor, crees que por tu nombre te ha llamado lejana voz, sabe que entre las sombras que te cercan te llamo yo.

Si se turba medroso en la alta noche tu corazón, al sentir en tus labios un aliento abrasador, sabe que, aunque invisible, al lado tuyo respiro yo.

XLIV

Dices que tienes corazón, y sólo lo dices porque sientes sus latidos; eso no es corazón… es una máquina que al compás que se mueve hace ruido.

XLV

Al ver mis horas de fiebre e insomnio lentas pasar, a la orilla de mi lecho, ¿quién se sentará?

Cuando la trémula mano tienda próximo a expirar buscando una mano amiga, ¿quién la estrechará?

Cuando la muerte vidrie de mis ojos el cristal, mis párpados aún abiertos, ¿quién los cerrará?

Cuando la campana suene (si suena en mi funeral) una oración al oírla, ¿quién murmurará?

Cuando mis pálidos restos oprima la tierra ya, sobre la olvidada fosa ¿quién vendrá a llorar?

¿Quién en fin al otro día, cuando el sol vuelva a brillar, de que pasé por el mundo, ¿quién se acordará?

XLVI

Los invisibles átomos del aire en derredor palpitan y se inflaman, el cielo se deshace en rayos de oro, la tierra se estremece alborozada.

Oigo flotando en las olas de armonías rumor de besos y batir de alas; mis párpados se cierran… ¿Qué sucede? ¡Es el amor que pasa!

XLVII

Llegó la noche y no encontré un asilo ¡y tuve sed!… mis lágrimas bebí; ¡y tuve hambre! ¡Los hinchados ojos cerré para morir!

¿Estaba en un desierto? Aunque a mi oído de las turbas llegaba el ronco hervir, yo era huérfano y pobre… ¡El mundo estaba desierto… para mí!

XLVIII

Fingiendo realidades con sombra vana, delante del Deseo va la Esperanza. Y sus mentiras como el Fénix renacen de sus cenizas.

XLIX

Al brillar un relámpago nacemos y aún dura su fulgor cuando morimos; ¡tan corto es el vivir! La Gloria y el Amor tras que corremos sombras de un sueño son que perseguimos;

L

Hoy la tierra y los cielos me sonríen, hoy llega al fondo de mi alma el sol, hoy la he visto…, la he visto y me ha mirado… ¡hoy creo en Dios!

LI

-Yo soy ardiente, yo soy morena, yo soy el símbolo de la pasión, de ansia de goces mi alma está llena. ¿A mí me buscas? -No es a ti: no.

-Mi frente es pálida, mis trenzas de oro, puedo brindarte dichas sin fin. Yo de ternura guardo un tesoro. ¿A mi me llamas? -No: no es a ti.

-Yo soy un sueño, un imposible, vano fantasma de niebla y luz; soy incorpórea, soy intangible: no puedo amarte. -¡Oh, ven; ven tú!

LII

Cuando sobre el pecho inclinas la melancólica frente una azucena tronchada me pareces.

Porque al darte la pureza de que es símbolo celeste, como a ella te hizo Dios de oro y nieve.

LIII

Sobre la falda tenía el libro abierto, en mi mejilla tocaban sus rizos negros: no veíamos las letras ninguno, creo, mas guardábamos ambos hondo silencio.

¿Cuánto duró? Ni aun entonces pude saberlo. Sólo sé que no se oía más que el aliento, que apresurado escapaba del labio seco. Sólo sé que nos volvimos los dos a un tiempo y nuestros ojos se hallaron y sonó un beso.

Creación de Dante era el libro, era su Infierno. Cuando a él bajamos los ojos yo dije trémulo: ¿Comprendes ya que un poema cabe en un verso? Y ella respondió encendida: ¡Ya lo comprendo!

LIV

Si de nuestros agravios en un libro se escribiese la historia y se borrase en nuestras almas cuanto se borrase en sus hojas;

te quiero tanto aún; dejó en mi pecho tu amor huellas tan hondas, que sólo con que tú borrases una ¡las borraba yo todas!

LV

Una mujer me ha envenenado el alma, otra mujer me ha envenenado el cuerpo; ninguna de las dos vino a buscarme, yo de ninguna de las dos me quejo.

Como el mundo es redondo, el mundo rueda. Si mañana, rodando, este veneno envenena a su vez ¿por qué acusarme? ¿Puedo dar más de lo que a mí me dieron?

LVI

Primero es un albor trémulo y vago, raya de inquieta luz que corta el mar; luego chispea y crece y se dilata en ardiente explosión de claridad.

La brilladora lumbre es la alegría; la temerosa sombra es el pesar: ¡Ay! en la oscura noche de mi alma, ¿cuándo amanecerá?

LVII

Como la brisa que la sangre orea sobre el oscuro campo de batalla, cargada de perfumes y armonías en el silencio de la noche vaga.

Símbolo del dolor y la ternura, del bardo inglés en el horrible drama la dulce Ofelia, la razón perdida, cogiendo flores y cantando pasa.

LVIII

Cuando entre la sombra oscura perdida una voz murmura turbando su triste calma, si en el fondo de mi alma la oigo dulce resonar, dime: ¿es que el viento en sus giros se queja, o que tus suspiros me hablan de amor al pasar?

Cuando el sol en mi ventana rojo brilla a la mañana y mi amor tu sombra evoca, si en mi boca de otra boca sentir creo la impresión, dime: ¿es que ciego deliro, o que un beso en un suspiro me envía tu corazón?

Y en el luminoso día y en la alta noche sombría, si en todo cuanto rodea al alma que te desea te creo sentir y ver, dime: ¿es que toco y respiro soñando, o que en un suspiro me das tu aliento a beber?

LIX

¡Cuántas veces al pie de las musgosas paredes que la guardan oí la esquila que al mediar la noche a los maitines llama! ¡Cuántas veces trazó mi silueta la luna plateada, junto a la del ciprés, que de su huerto se asoma por las tapias!

Cuando en sombras la iglesia se envolvía de su ojiva calada, ¡cuántas veces temblar sobre los vidrios vi el fulgor de la lámpara! Aunque el viento en los ángulos oscuros de la torre silbara, del coro entre las voces percibía su voz vibrante y clara.

En las noches de invierno, si un medroso por la desierta plaza se atrevía a cruzar, al divisarme, el paso aceleraba. Y no faltó una vieja que en el torno dijese a la mañana que de algún sacristán muerto en pecado acaso era yo el alma.

A oscuras conocía los rincones del atrio y la portada; de mis pies las ortigas que allí crecen las huellas tal vez guardan. Los búhos, que espantados me seguían con sus ojos de llamas, llegaron a mirarme con el tiempo como a un buen camarada.

A mi lado sin miedo los reptiles se movían a rastras; ¡hasta los mudos santos de granito creo que me saludaban!

LX

Cendal flotante de leve bruma, rizada cinta de blanca espuma, rumor sonoro de arpa de oro, beso del aura, onda de luz, eso eres tú.

Tú, sombra aérea, que cuantas veces voy a tocarte te desvaneces. ¡Como la llama, como el sonido, como la niebla, como el gemido del lago azul!

En mar sin playas onda sonante, en el vacío cometa errante, largo lamento del ronco viento, ansia perpetua de algo mejor, eso soy yo.

¡Yo, que a tus ojos en mi agonía los ojos vuelvo de noche y día; yo, que incansable corro y demente tras una sombra, tras la hija ardiente de una visión!

LXI

No sé lo que he soñado en la noche pasada. Triste, muy triste debió ser el sueño pues despierto, la angustia me duraba.

Noté al incorporarme húmeda la almohada y por primera [vez] sentí, al notarlo, de un amargo placer henchirse el alma.

Triste cosa es el sueño que llanto nos arranca, mas tengo en mi tristeza una alegría… ¡Sé que aún me quedan lágrimas!

LXII

Espíritu sin nombre, indefinible esencia, yo vivo con la vida sin formas de la idea.

Yo nado en el vacío, del sol tiemblo en la hoguera, palpito entre las sombras y floto con las nieblas.

Yo soy el fleco de oro de la lejana estrella, yo soy de la alta luna la luz tibia y serena.

Yo soy la ardiente nube que en el ocaso ondea, yo soy del astro errante la luminosa estela.

Yo soy nieve en las cumbres, soy fuego en las arenas, azul onda en los mares y espuma en las riberas.

En el laúd soy nota, perfume en la violeta, fugaz llama en las tumbas y en las ruinas yedra.

Yo atrueno en el torrente y silbo en la centella y ciego en el relámpago y rujo en la tormenta.

Yo río en los alcores, susurro en la alta yerba, suspiro en la onda pura y lloro en la hoja seca.

Yo ondulo con los átomos del humo que se eleva y al cielo lento sube en espiral inmensa.

Yo en los dorados hilos que los insectos cuelgan, me mezco entre los árboles en la ardorosa siesta.

Yo corro tras las ninfas que en la corriente fresca del cristalino arroyo desnudas juguetean.

Yo en bosques de corales que alfombran blancas perlas, persigo en el océano las náyades ligeras.

Yo en las cavernas cóncavas do el sol nunca penetra, mezclándome a los gnomos contemplo sus riquezas.

Yo busco de los siglos las ya borradas huellas y sé de esos imperios de que ni el nombre queda.

Yo sigo en raudo vértigo los mundos que voltean, y mi pupila abarca la creación entera.

Yo sé de esas regiones a do un rumor no llega, y donde informes astros de vida un soplo esperan.

Yo soy sobre el abismo el puente que atraviesa, yo soy la ignota escala que el cielo une a la tierra.

Yo soy el invisible anillo que sujeta el mundo de la forma al mundo de la idea.

Yo en fin soy ese espíritu, desconocida esencia, perfume misterioso de que es vaso el poeta.

LXIII

Despierta tiemblo al mirarte, dormida me atrevo a verte; por eso, alma de mi alma, yo velo mientras tú duermes.

Despierta ríes y al reír tus labios inquietos me parecen relámpagos de grana que serpean sobre un cielo de nieve.

Dormida, los extremos de tu boca pliega sonrisa leve, suave como el rastro luminoso que deja un sol que muere.

¡Duerme!

Despierta miras y al mirar, tus ojos húmedos resplandecen, como la onda azul en cuya cresta chispeando el sol hiere.

A través de tus párpados dormida, tranquilo fulgor vierten, cual derrama de luz templado rayo lámpara transparente.

¡Duerme!

Despierta hablas y al hablar, vibrantes tus palabras parecen lluvia de perlas que en dorada copa se derrama a torrentes.

Dormida en el murmullo de tu aliento acompasado y tenue escucho yo un poema que mi alma enamorada entiende

¡Duerme!

Sobre el corazón la mano me he puesto porque no suene su latido y de la noche turbe la calma solemne.

De tu balcón las persianas cerré ya porque no entre el resplandor enojoso de la aurora y te despierte.

¡Duerme!

Como enjambre de abejas irritadas, de un oscuro rincón de la memoria salen a perseguirme los recuerdos de las pasadas horas.

Yo los quiero ahuyentar. ¡Esfuerzo inútil! Me rodean, me acosan, y unos tras otros a clavarme vienen el agudo aguijón que el alma encona.

LXIV

Como guarda el avaro su tesoro guardaba mi dolor; le quería probar que hay algo eterno a la que eterno me juró su amor.

Mas hoy le llamo en vano y oigo al tiempo que le agotó, decir: ¡ah, barro miserable, eternamente no podrás ni aun sufrir!

LXV

Cruza callada y son sus movimientos silenciosa armonía: suenan sus pasos y al sonar recuerdan del himno alado la cadencia rítmica.

Los ojos entreabre, aquellos ojos tan claros como el día, y la tierra y el cielo, cuanto abarcan, arden con nueva luz en sus pupilas.

Ríe, y su carcajada tiene notas del agua fugitiva: llora, y es cada lágrima un poema de ternura infinita.

Ella tiene la luz, tiene el perfume el color y la línea, la forma engendradora de deseos, la expresión, fuente eterna de poesía.

¿Que es estúpida? ¡Bah! Mientras callando guarde oscuro el enigma, siempre valdrá lo que yo creo que calla más que lo que cualquiera otra me diga.

LXVI

Su mano entre mis manos, sus ojos en mis ojos, la amorosa cabeza apoyada en mi hombro, Dios sabe cuántas veces con paso perezoso hemos vagado juntos bajo los altos olmos que de su casa prestan misterio y sombra al pórtico.

Y ayer… un año apenas, pasado como un soplo, con qué exquisita gracia, con qué admirable aplomo, me dijo al presentarnos un amigo oficioso: «Creo que en alguna parte he visto a usted» ¡Ah bobos, que sois de los salones comadres de buen tono y andábais allí a caza de galantes embrollos; qué historia habéis perdido, qué manjar tan sabroso para ser devorado sotto voce en un corro detrás del abanico de plumas y de oro!

¡Discreta y casta luna, copudos y altos olmos, paredes de su casa, umbrales de su pórtico, callad y que el secreto no salga de vosotros! Callad; que por mi parte yo lo he olvidado todo: y ella… ella, no hay máscara semejante a su rostro.

LXVII

¿De dónde vengo?… El más horrible y áspero de los senderos busca; las huellas de unos pies ensangrentados sobre la roca dura, los despojos de un alma hecha jirones en las zarzas agudas, te dirán el camino que conduce a mi cuna.

¿Adónde voy? El más sombrío y triste de los páramos cruza, valle de eternas nieves y de eternas melancólicas brumas. En donde esté una piedra solitaria sin inscripción alguna, donde habite el olvido, allí estará mi tumba.

LXVIII

Como enjambre de abejas irritadas, de un oscuro rincón de la memoria salen a perseguirme los recuerdos de las pasadas horas.

Yo los quiero ahuyentar. ¡Esfuerzo inútil! Me rodean, me acosan, y unos tras otros a clavarme vienen el agudo aguijón que el alma encona.

LXIX

Es cuestión de palabras y no obstante ni tú ni yo jamás, después de lo pasado, convendremos en quién la culpa está.

¡Lástima que el Amor un diccionario no tenga dónde hallar cuándo el orgullo es simplemente orgullo y cuándo es dignidad!

LXX

De lo poco de vida que me resta diera con gusto los mejores años, por saber lo que a otros de mí has hablado.

Y esta vida mortal y de la eterna lo que me toque, si me toca algo, por saber lo que a solas de mí has pensado.

LXXI

Cerraron sus ojos que aún tenía abiertos, taparon su cara con un blanco lienzo, y unos sollozando, otros en silencio, de la triste alcoba todos se salieron.

La luz que en un vaso ardía en el suelo, al muro arrojaba la sombra del lecho, y entre aquella sombra veíase a intervalos dibujarse rígida la forma del cuerpo.

Despertaba el día y a su albor primero con sus mil ruidos despertaba el pueblo. Ante aquel contraste de vida y misterio, de luz y tinieblas, yo pensé un momento:

¡¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos!!

De la casa, en hombros, lleváronla al templo, y en una capilla dejaron el féretro. Allí rodearon sus pálidos restos de amarillas velas y de paños negros.

Al dar de las Ánimas el toque postrero, acabó una vieja sus últimos rezos, cruzó la ancha nave, las puertas gimieron y el santo recinto quedóse desierto.

De un reloj se oía compasado el péndulo y de algunos cirios el chisporroteo. Tan medroso y triste, tan oscuro y yerto todo se encontraba que pensé en un momento:

¡¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos!!

De la alta campana la lengua de hierro le dio volteando su adiós lastimero. El luto en las ropas, amigos y deudos cruzaron en fila formando el cortejo.

Del último asilo, oscuro y estrecho, abrió la piqueta el nicho a un extremo: allí la acostaron, tapiáronle luego, y con un saludo despidióse el duelo.

La piqueta al hombro el sepulturero, cantando entre dientes, se perdió a lo lejos. La noche se entraba, el sol se había puesto: perdido en las sombras, yo pensé en un momento:

¡¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos!!

En las largas noches del helado invierno, cuando las maderas crujir hace el viento y azota los vidrios el fuerte aguacero, de la pobre niña a veces me acuerdo.

Allí cae la lluvia con un son eterno: allí la combate el soplo del cierzo. Del húmedo muro tendida en el hueco, ¡acaso de frío se hielan sus huesos!…

¿Vuelve el polvo al polvo? ¿Vuela el alma al cielo? ¿Todo es, sin espíritu, podredumbre y cieno? No sé; pero hay algo que explicar no puedo, algo que repugna aunque es fuerza hacerlo

¡a dejar tan tristes, tan solos los muertos!

LXXII

Te vi un punto y flotando ante mis ojos la imagen de tus ojos se quedó, como la mancha oscura orlada en fuego que flota y ciega si se mira al sol.

A dondequiera que la vista clavo torno a ver sus pupilas llamear; mas no te encuentro a ti, que es tu mirada, unos ojos, los tuyos, nada más.

De mi alcoba en el ángulo los miro desasidos fantásticos lucir: cuando duermo los siento que se ciernen de par en par abiertos sobre mí.

Yo sé que hay fuegos fatuos que en la noche llevan al caminante a perecer: yo me siento arrastrado por tus ojos, pero adónde me arrastran no lo sé.

LXXIII

Pasaba arrolladora en su hermosura y el paso le dejé; ni aun a mirarla me volví, y, no obstante, algo a mi oído murmuró: «ésa es».

¿Quién reunió la tarde a la mañana? Lo ignoro; sólo sé que en una breve noche de verano se unieron los crepúsculos, y… «fue».

LXXIV

En la imponente nave del templo bizantino, vi la gótica tumba a la indecisa luz que temblaba en los pintados vidrios. Las manos sobre el pecho, y en las manos un libro, una mujer hermosa reposaba sobre la urna del cincel prodigio.

Del cuerpo abandonado al dulce peso hundido, cual si de blanda pluma y raso fuera se plegaba su lecho de granito. De la sonrisa última el resplandor divino, guardaba el rostro, como el cielo guarda del sol que muere el rayo fugitivo.

Del cabezal de piedra sentados en el filo, dos ángeles, el dedo sobre el labio, imponían silencio en el recinto. Nos parecía muerta; de los arcos macizos parecía dormir en la penumbra y que en sueños veía el paraíso.

Me acerqué de la nave al ángulo sombrío, con el callado paso que llegamos junto a la cuna donde duerme un niño. La contemplé un momento y aquel resplandor tibio, aquel lecho de piedra que ofrecía próximo al muro otro lugar vacío, en el alma avivaron la sed de lo infinito, el ansia de esa vida de la muerte, para la que un instante son los siglos…

Cansado del combate en que luchando vivo, alguna vez me acuerdo con envidia de aquel rincón oscuro y escondido. De aquella muda y pálida mujer me acuerdo y digo: ¡Oh, qué amor tan callado el de la muerte! ¡Qué sueño el del sepulcro tan tranquilo!

LXXV

¿A qué me lo decís? Lo sé: es mudable, es altanera y vana y caprichosa: antes que el sentimiento de su alma brotará el agua de la estéril roca.

Sé que en su corazón, nido de sierpes, no hay una fibra que al amor responda; que es una estatua inanimada…; pero… ¡es tan hermosa!

LXXVI

No dormía; vagaba en ese limbo en que cambian de forma los objetos, misteriosos espacios que separan la vigilia del sueño.

Las ideas que en ronda silenciosa daban vueltas en torno a mi cerebro, poco a poco en su danza se movían con un compás más lento.

De la luz que entra al alma por los ojos los párpados velaban el reflejo; mas otra luz el mundo de visiones alumbraba por dentro.

En este punto resonó en mi oído un rumor semejante al que en el templo vaga confuso al terminar los fieles con un Amén sus rezos.

Y oí como una voz delgada y triste que por mi nombre me llamó a lo lejos, y sentí el olor de cirios apagados, de humedad y de incienso.

Entró la noche y del olvido en brazos caí cual piedra en su profundo seno: Dormí y al despertar exclamé: «Alguien que yo quería ha muerto!»

LXXVII

Me ha herido recatándose en las sombras, sellando con un beso su traición. Los brazos me echó al cuello y por la espalda partióme a sangre fría el corazón.

Y ella prosigue alegre su camino, feliz, risueña, impávida, ¿y por qué? Porque no brota sangre de la herida… Porque el muerto está en pie.

LXXVIII

¡No me admiró tu olvido! Aunque de un día me admiró tu cariño mucho más, porque lo que hay en mí que vale algo, eso… ni lo pudiste sospechar.

LXXIX

Porque son, niña, tus ojos verdes como el mar te quejas; verdes los tienen las náyades, verdes los tuvo Minerva, y verdes son las pupilas de las hurís del Profeta.

El verde es gala y ornato del bosque en la primavera. Entre sus siete colores brillante el Iris lo ostenta. Las esmeraldas son verdes, verde el color del que espera y las ondas del Océano y el laurel de los poetas.

Es tu mejilla temprana rosa de escarcha cubierta, en que el carmín de los pétalos se ve al través de las perlas. Y sin embargo, sé que te quejas, porque tus ojos crees que la afean: pues no lo creas.

Que parecen sus pupilas, húmedas, verdes e inquietas, tempranas hojas de almendro que al soplo del aire tiemblan. Es tu boca de rubíes purpúrea granada abierta que en el estío convida a apagar la sed con ella.

Y sin embargo, sé que te quejas porque tus ojos crees que la afean: pues no lo creas. Que parecen, si enojada tus pupilas centellean, las olas del mar que rompen en las cantábricas peñas.

Es tu frente que corona crespo el oro en ancha trenza, nevada cumbre en que el día su postrera luz refleja. Y sin embargo, sé que te quejas porque tus ojos crees que la afean: pues no lo creas.

Que, entre las rubias pestañas, junto a las sienes, semejan broches de esmeralda y oro que un blanco armiño sujetan. Porque son, niña, tus ojos verdes como el mar te quejas; quizás si negros o azules se tornasen lo sintieras.

Gustavo Adolfo Bécquer

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Poetas más famosos

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Rima LXIV ( Libro de los gorriones ) – Gustavo Adolfo Bécquer

Como guarda el avaro su tesoro,
guardaba mi dolor;
quería probar que hay algo eterno
a la que eterno me juró su amor.

Mas hoy le llamo en vano y oigo, al tiempo
que le acabó, decir:
¡Ah, barro miserable, eternamente
no podrás ni aun sufrir!

Gustavo Adolfo Bécquer

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Rima LXIII ( Libro de los gorriones ) – Gustavo Adolfo Bécquer

Como enjambre de abejas irritadas,
de un oscuro rincón de la memoria
salen a perseguirme los recuerdos
de las pasadas horas.

Yo los quiero ahuyentar. ¡Esfuerzo inútil!
Me rodean, me acosan,
y unos tras otros a clavarme vienen
el agudo aguijón que el alma encona.

Gustavo Adolfo Bécquer

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Rima LXII ( Libro de los gorriones ) – Gustavo Adolfo Bécquer

Primero es un albor trémulo y vago,
raya de inquieta luz que corta el mar;
luego chispea y crece y se dilata
en ardiente explosión de claridad.

La brilladora lumbre es la alegría,
la temerosa sombra es el pesar.
¡Ay! En la oscura noche de mi alma,
¿cuándo amanecerá?

Gustavo Adolfo Bécquer

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Rima LXI ( Libro de los gorriones ) – Gustavo Adolfo Bécquer

Al ver mis horas de fiebre
e insomnio lentas pasar,
a la orilla de mi lecho,
¿quién se sentará?

Cuando la trémula mano
tienda, próximo a expirar,
buscando una mano amiga,
¿quién la estrechará?

Cuando la muerte vidríe
de mis ojos el cristal,
mis párpados aún abiertos,
¿quién los cerrará?

Cuando la campana suene
(si suena en mi funeral)
una oración, al oírla,
¿quién murmurará?

Cuando mis pálidos restos
oprima la tierra ya,
sobre la olvidada fosa,
¿quién vendrá a llorar?

¿Quién en fin, al otro día,
cuando el sol vuelva a brillar,
de que pasé por el mundo
quién se acordará?

Gustavo Adolfo Bécquer

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Rima LVIII ( Libro de los gorriones ) – Gustavo Adolfo Bécquer

¿Quieres que de ese néctar delicioso
no te amargue la hez?
Pues aspírale, acércale a tus labios
y déjale después.

¿Quieres que conservemos una dulce
memoria de este amor?
Pues amémonos hoy mucho, y mañana
digámonos: ?¡Adiós!

Gustavo Adolfo Bécquer

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Rima LVII ( Libro de los gorriones ) – Gustavo Adolfo Bécquer

Este armazón de huesos y pellejos,
de pasear una cabeza loca
se halla cansado al fin, y no lo extraño,
pues, aunque es la verdad que no soy viejo,
de la parte de vida que me toca
en la vida del mundo, por mi daño
he hecho un uso tal, que juraría
que he condensado un siglo en cada día.

Así, aunque ahora muriera,
no podría decir que no he vivido;
que el sayo, al parecer nuevo por fuera,
conozco que por dentro ha envejecido.

Ha envejecido, sí, ¡pese a mi estrella!
Harto lo dice ya mi afán doliente,
que hay dolor que al pasar, su horrible huella
graba en el corazón, si no en la frente.

Gustavo Adolfo Bécquer

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Rima LVI ( Libro de los gorriones ) – Gustavo Adolfo Bécquer

Hoy como ayer, mañana como hoy,
¡y siempre igual!
Un cielo gris, un horizonte eterno
y andar… andar.

Moviéndose a compás, como una estúpida
máquina, el corazón.
La torpe inteligencia del cerebro,
dormida en un rincón.

El alma, que ambiciona un paraíso,
buscándole sin fe,
fatiga sin objeto, ola que rueda
ignorando por qué.

Voz que, incesante, con el mismo tono,
canta el mismo cantar,
gota de agua monótona que cae
y cae, sin cesar.

Así van deslizándose los días,
unos de otros en pos;
hoy lo mismo que ayer…; y todos ellos,
sin gozo ni dolor.

¡Ay, a veces me acuerdo suspirando
del antiguo sufrir!
Amargo es el dolor, ¡pero siquiera
padecer es vivir!

Gustavo Adolfo Bécquer

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Rima LV ( Libro de los gorriones ) – Gustavo Adolfo Bécquer

Entre el discorde estruendo de la orgía
acarició mi oído,
como nota de música lejana,
el eco de un suspiro.

El eco de un suspiro que conozco,
formado de un aliento que he bebido,
perfume de una flor que oculta crece
en un claustro sombrío.

Mi adorada de un día, cariñosa,
?¿En qué piensas?? me dijo.
?En nada… ?En nada, ¿y lloras? ?Es que tengo
alegre la tristeza y triste el vino.

Gustavo Adolfo Bécquer

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Rima LIX ( Libro de los gorriones ) – Gustavo Adolfo Bécquer

Yo sé cuál el objeto
de tus suspiros es;
yo conozco la causa de tu dulce
secreta languidez.

¿Te ríes?… Algún día
sabrás, niña, por qué.
Tú acaso lo sospechas,
y yo lo sé.

Yo sé cuándo tú sueñas,
y lo que en sueños ves;
como en un libro, puedo lo que callas
en tu frente leer.

¿Te ríes?… Algún día
sabrás, niña, por qué.
Tú acaso lo sospechas,
y yo lo sé.

Yo sé por qué sonríes
y lloras a la vez;
yo penetro en los senos misteriosos
de tu alma de mujer.

¿Te ríes? … Algún día
sabrás, niña, por qué;
mientras tú sientes mucho y nada sabes,
yo, que no siento ya, todo lo sé.

Gustavo Adolfo Bécquer

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Rima LII ( Libro de los gorriones ) – Gustavo Adolfo Bécquer

Olas gigantes que os rompéis bramando
en las playas desiertas y remotas,
envuelto entre la sábana de espumas,
¡llevadme con vosotras!

Ráfagas de huracán que arrebatáis
del alto bosque las marchitas hojas,
arrastrado en el ciego torbellino,
¡llevadme con vosotras!

Nube de tempestad que rompe el rayo
y en fuego ornáis las sangrientas orlas,
arrebatado entre la niebla oscura,
¡llevadme con vosotras!.

Llevadme, por piedad, a donde el vértigo
con la razón me arranque la memoria.
¡Por piedad! ¡Tengo miedo de quedarme
con mi dolor a solas!.

Gustavo Adolfo Bécquer

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Rima LI ( Libro de los gorriones ) – Gustavo Adolfo Bécquer

De lo poco de vida que me resta
diera con gusto los mejores años,
por saber lo que a otros
de mí has hablado.

Y esta vida mortal, y de la eterna
lo que me toque, si me toca algo,
por saber lo que a solas
de mí has pensado.

Gustavo Adolfo Bécquer

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Rima IV ( Libro de los gorriones ) – Gustavo Adolfo Bécquer

No digáis que, agotado su tesoro,
de asuntos falta, enmudeció la lira;
podrá no haber poetas; pero siempre
habrá poesía.

Mientras las ondas de la luz al beso
palpiten encendidas,
mientras el sol las desgarradas nubes
de fuego y oro vista,
mientras el aire en su regazo lleve
perfumes y armonías,
mientras haya en el mundo primavera,
¡habrá poesía!

Mientras la ciencia a descubrir no alcance
las fuentes de la vida,
y en el mar o en el cielo haya un abismo
que al cálculo resista,
mientras la humanidad siempre avanzando
no sepa a dó camina,
mientras haya un misterio para el hombre,
¡habrá poesía!

Mientras se sienta que se ríe el alma,
sin que los labios rían;
mientras se llore, sin que el llanto acuda
a nublar la pupila;
mientras el corazón y la cabeza
batallando prosigan,
mientras haya esperanzas y recuerdos,
¡habrá poesía!

Mientras haya unos ojos que reflejen
los ojos que los miran,
mientras responda el labio suspirando
al labio que suspira,
mientras sentirse puedan en un beso
dos almas confundidas,
mientras exista una mujer hermosa,
¡habrá poesía!

Gustavo Adolfo Bécquer